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ISSN 1989-4163

NUMERO 67 - NOVIEMBRE 2015

Remembranzas (IX) - La Obsesión de mi Padre (II)

Joaquín Lloréns

 

En cuanto pudo, intentó aficionar a mis hermanos –bastante mayores que yo– a la caza. Les compró una chimbera de chavales y se los llevaba a cazar a Burgos o Palencia en cuanto ellos se avenían a ello. Pronto se sacaron la licencia de armas y de caza y les consiguió escopetas. No sé si a ellos les gustaba mucho aquel cansado deporte, pero lo que sí les entusiasmaba era que en los viajes de vuelta a Bilbao conducían ellos desde los dieciséis años mientras él dormitaba el cansancio de tantas horas de perseguir a las perdices. En cualquier caso, mi hermano mayor ha mantenido constante la afición cinegética. El siguiente, en cuanto entró en el mundo de los estupefacientes, pasó a considerar aquello como una actividad no deseable, aunque nunca se mostró beligerante al respecto y en alguna ocasión retomó la escopeta.


Era socio de la Sociedad de Fomento de Caza de Bilbao, al igual que luego nos hizo sucesivamente a sus tres hijos mientras cazamos con él. Lamentablemente todos los cotos que alquilaba dicha Sociedad estaban a bastante distancia del bocho, por lo que se tardaba entre una hora y media y dos horas en llegar a ellos. Para cuando yo tuve edad de sacarme el permiso de armas, mis dos hermanos mayores ya se habían ido a vivir fuera, con lo que mis jornadas cinegéticas en los cotos de la Sociedad fueron solo con mi padre o, si acaso, con algún otro cazador. Lo cierto es que a mí aquello nunca me entusiasmó. A los dieciséis años, a mí lo que me tenía loco era mi novia y las excursiones de caza con mi padre semejaban una especie de entrenamiento para cuando se produjera el apocalipsis nuclear. Nos levantábamos entre las cinco y las seis de la madrugada, aún de noche, dependiendo de la época de la temporada y, tras recoger a los perros y conducir durante dos horas aproximadas, llegábamos a Burgos, Palencia o Soria al amanecer. Si íbamos a cazar los dos solos, al llegar al destino tomábamos junto al coche el Cola Cao con la leche caliente que llevábamos en un termo y unas galletas María. Bueno, eso yo. Mi padre, siempre sometido a su peculiar régimen, tomaba leche –preferiblemente en polvo, Molico– con una mezcla de cereales tostados solubles –cebada, malta y centeno de la marca Eko– y alguna galleta. Si había suerte y había quedado con algún otro cazador, a lo mejor la cita era en el rústico bar de uno de aquellos pueblos de la Meseta en los que todavía era frecuente que el baño consistiera en una simple letrina y allí sí podía tomar un desayuno un poco menos espartano.

Entonces, aún ateridos por el frío, salíamos al campo. Recuerdo aquella inmensidad de campos jalonados de pequeñas colinas –o no tan pequeñas, como en Ubierna– y tapizadas por interminables campos de rastrojos de trigo, barbechos y pequeñas áreas boscosas. La jornada venatoria solía durar unas ocho horas, con apenas un par de paradas bajo algún árbol para comer unos tristes y calóricos higos secos, mandarinas y poca cosa más. Aquello a mí se me hacía interminable. Se veía poca caza: perdices, conejos y liebres. Las codornices sólo aparecían durante el verano, en que yo estaba en Alicante, así que solo participé en esa caza, mucho más entretenida, en un par de ocasiones. Una de ellas da una idea de cómo era de obsesiva la afición de mi padre. Regresábamos en el coche desde Alicante a Bilbao a finales de agosto con los tres perros en el portamaletas. Aquello suponía más de doce horas en el coche. Cuando llegamos a la altura de Burgos, tras más de diez horas de incómodo viaje apretados en el coche, mi padre se desvió hasta uno de los cotos de la Sociedad y se dedicó a cazar un par de horas mientras los demás soportábamos el bochorno como podíamos bajo algún árbol. Cuando terminó, volvió a coger el volante y proseguimos las dos horas que nos quedaban hasta nuestro destino. En la codorniz, de tiro relativamente sencillo, los perros recorrían olfateando los extensos montones de tallos de trigo recién segado que se usarían para forraje. De pronto los canes se detenían como golpeados por un collar eléctrico. Te acercabas hasta su posición y le ordenabas “adelante” o dabas una patada al trigo. Casi siempre, la pequeña ave salía en un vuelo recto y poca altura. A veces, sin embargo, la codorniz se había movido mientras el cazador llegaba y el perro volvía a buscarla exasperado por la poca diligencia de su cazador. Además, la población de codornices era grande, con lo que estaba garantizada una buena percha. Pero la caza de la perdiz era harina de otro costal. Era desolador cuando, en una mano a media ladera, veías salir volando una perdiz a una distancia fuera de tiro y, tras un vertiginoso despegar, contemplabas impotente aquel planeo con aleteos intermitentes que la llevaba hasta la colina de enfrente. Dada la escasez de las perdices, muchas veces no quedaba otra que seguirla. Lo que al ave le costaba medio minuto, a ti te suponían veinte minutos con una buena ascensión de por medio. Pero mi padre parecía no cansarse nunca.
Recuerdo con amargor y algo de confusa nostalgia aquellas inhóspitas laderas, aquellos altozanos, aquel silencio imponente solo roto a veces por el ulular del viento helador al agitar los arbustos; o los aislados árboles como verdes pinceladas sobre el ocre lienzo de los cereales secos y el rojo de los arcillosos barbechos. Era fácil comprender la frase “ancha es Castilla”. Durante la mayor parte de la jornada uno tenía una sensación de absoluta desorientación, dada la falta de puntos de referencia; la ausencia de cualquier construcción humana en toda la extensión que la vista alcanzaba. Ilimitados campos ondulados en los que, la mayor parte de las ocasiones, ni siquiera veías a algún otro cazador en la lejanía y donde el trigo, recién sembrado, aún no había brotado, esperando inteligentemente a que el astro rey empezara a calentar con algo de convicción aquellas austeras tierras castellanas. Aunque salíamos juntos, no era raro que, al rato, mi padre y yo nos separásemos. A veces unos cientos de metros; las más, hasta perder toda referencia del otro. Él siempre acompañado de los perros. Yo en la más absoluta soledad, maldiciéndome y maldiciéndole a él por hacerme vagar por aquellos páramos interminables en los que, durante muchas horas, no se veía ninguna señal de presencia humana salvo el trazo lineal del arado sobre los yermos campos invernales. Uno tenía la sensación de ser un náufrago terreno. Lo increíble era que siempre acababa encontrando a mi padre y ambos, a veces ante mi pasmo, regresábamos indefectiblemente al lugar donde habíamos dejado el coche, que muchas veces era en un camino forestal perdido en medio de aquella inmensidad.

La sensación habitual que me embargaba en aquellas agotadoras marchas era la de desamparo. El frío te golpeaba el rostro y andabas con la sensación de un condenado a galeras que se dirige en su postrer camino hacia el puerto donde le esperan las cadenas, el banco, el remo y el látigo sobre la espalda. Los olores, aprisionados por el frío, parecían haber abandonado también aquella endurecida tierra. Y aún peor eran los días de lluvia. Salvo que realmente cayera un diluvio, se seguía cazando cubierto con un ligero chubasquero que no impedía que el agua helada te golpeara la cara y que, junto con el gélido viento, te fuera ateriendo. Atravesar en esas ocasiones los barbechos era un trabajo hercúleo, con la arcilla acumulándose en la suela de las botas hasta alcanzar una consistencia de más de diez centímetros que, con su peso, convertía tu andar en un esforzado y ralentizado paseo de astronauta en medio del erial.

Por fin, con nuestro escaso botín conseguido a base de tanto esfuerzo, llegábamos al coche, donde bebíamos algo caliente del termo y nos dirigíamos de regreso a Bilbao durante otras dos horas de carretera. Una vez en casa, recuerdo que mi padre tenía la costumbre de tomarse un zumo de limón aguado y con azúcar para contrarrestar las inevitables agujetas de día siguiente.

De aquellas terribles cacerías por la inhóspita Castilla, solo una ocasión ha quedado en mi memoria asociada a algo extraordinario y casi sublime. Era un día como otro cualquiera. Entre noviembre y enero. El cielo estaba plomizo, aunque la lluvia no terminaba de decidirse a calarnos. Ya llevábamos unas tres horas pateando el campo sin apenas ver pieza alguna y, tras haber atravesado innumerables campos de rastrojos de cereales y zonas sin cultivar, me aproximé a un minúsculo bosque que rompía la monotonía del paisaje. El día era sordo, sin apenas sonido que perturbase la inmóvil naturaleza. Mi padre, con los perros rastreando a su lado, se encontraba a unos cientos de metros. Decidí introducirme entre los árboles por si alguna perdiz más razonable que mi progenitor se hubiera refugiado allí del frío viento de la meseta. A poco de entrar, un perfume me golpeó de pleno en la nariz. En medio del invierno, sin ninguna flor a la vista que me explicase su origen, allí dentro parecía haberse ocultado toda la esencia odorífera de la región, como en un imposible recipiente vegetal. Era un aroma embriagante sin ser agresivo; un inesperado edén en medio de la nada. Durante unos minutos paseé por aquel mágico lugar, olvidado de la caza, deseando quedarme en él para siempre; construir una cabaña y no salir nunca de aquel inopinado Shangri-La transportado a la Península Ibérica. Como presa de un sortilegio, poco faltó para que me sentara apoyado en uno de aquellos troncos hasta esperar a convertirme en parte del bosque, como el protagonista de Beckett, como la dríada Dafne, o como un Filemón sin su Buacis. Deambulé por aquel lugar encantado saboreando aquella sensual fragancia sin atisbar siquiera el más mínimo indicio de explicación racional, embargado por una ctónica Medusa. Sin embargo, el instinto me impelió a salir de allí y continuar reventando las suelas de las botas tras las míticas perdices. Aún así, el instante mágico me acompañó durante toda la jornada y muchas semanas más. Durante mucho tiempo anhelé volver a aquel coto y reencontrar aquel mágico lugar, mas el tiempo todo lo desgasta en la memoria y hoy, con tristeza, constato que ni siquiera recuerdo el nombre del pueblo al que pertenecía el coto.

Poco tenía que ver mi padre con esos pistoleros que también hay entre los cazadores. Como todo verdadero cazador, sufría por la muerte imprescindible para la culminación del arte venatorio. En su finca de Jijona nunca cazaba las perdices y apenas cazaba algún gazapo cuando mi madre iba a cocinar una paella. Disfrutaba mucho más de observar cómo los perros realizaban el seguimiento de la pieza y de la muestra en su caso que de la consecución de la pieza. Recuerdo cómo en un paseo a finales de agosto a la caza del conejo que, de pronto, una perdiz nos salió al paso como si estuviera herida, dando pequeños saltos. En ese mes no se puede cazar las perdices, pero mi padre me recordó que ni se me ocurriera dispararla. Cuando le comenté lo extraño del comportamiento del ave me explicó que debía tener los polluelos allí cerca y que lo que había hecho era atraer nuestra atención para que, sacrificándose, sus perdigachos quedaran a salvo. En efecto, estuvimos dando una pequeña vuelta y al cabo vimos media docena de pequeñas perdices alejándose de nosotros a las que no molestamos. Le parecía fatal la gente que a lo que iba era a disparar a lo loco, o a matar demasiado. Cazar más del cupo le parecía un pecado más grave que la gula –que ya se lo parecía con su eterno régimen– y nunca disparaba a una pieza detenida. Esperaba a que los perros la hicieran correr o volar. Los ojeos le parecían incompatibles con la filosofía de un buen cazador. Lo importante no era cobrar la pieza, sino la lucha de poder a poder con ella. Astucia contra constancia y habilidades del perro.

Al cabo yo también me marché de Bilbao, con lo que se quedó sin compañero de caza y, aunque con menor frecuencia, siguió yendo a Burgos hasta que varios conocidos suyos de edad similar aparecieron muertos en el campo mientras cazaban. Acabó yendo solo cuando tenía compañía. Y cuando dejó de tener lugar donde guardar a los perros, la caza comenzó a perder el sentido para él, a quien lo que más gustaba era el ver cómo los canes seguían el rastro y le iban avisando de la proximidad de la pieza. Al dejar de tener algún perro como compañero de cacería, esta dejó de apasionarle. Al final, sus facultades mermadas le impidieron renovar el permiso de armas y la demencia senil que ataca a toda nuestra familia le evitó la tristeza de ser consciente de su imposibilidad de salir al monte con la escopeta.

 

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