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ISSN 1989-4163

NUMERO 47 - NOVIEMBRE 2013

Una Iglesia más Humana

Juan Luis Calbarro

Cierta modalidad de inteligencia se manifiesta en aquellas personas con las que mantener una conversación es una forma de poner en orden el pensamiento propio. Con mi tía política Carmen, que pertenece a una familia de gente muy lista, me pasa eso: charlar con ella un rato por teléfono siempre me sirve para ordenar cuatro ideas que andaban por ahí esperando que les prestara algo de atención. Un interlocutor que te hace pensar no tiene precio.

Hablando con ella hace dos días conveníamos en la gran diferencia que separa al clero español que conocemos del clero británico. Le comentaba yo mi breve experiencia en esta materia: el viernes pasado asistí a la misa con que se celebraba el vigesimoquinto aniversario de la escuela a la que asisten mis chiquillos. El obispo de Horsham, Mark Sowerby, concelebró por la mañana con el párroco de Saint Martin, su nuevo coadjutor y dos sacerdotes más una misa a la que asistieron al completo la plantilla del colegio y sus alumnos. Los niños cantaron durante toda la misa, cuya liturgia me sorprendió por su enorme parecido con la católica que conozco -un parecido paralelo al que guarda el templo con cualquier iglesia católica contemporánea que no esté enferma de sobredorados; una iglesia postconciliar, como se decía antes en España pero me parece a mí que se dejó de decir muy pronto. El sermón del obispo Sowerby fue, desde el punto de vista de la eficacia oratoria, ejemplar. Sabía cuál era su audiencia y sabe cómo tratarla.

El domingo siguiente pasamos de nuevo por la puerta de este templo victoriano de triple advocación (San Martín de Tours, San Wilfrido y San Albano) y la encontramos abierta, así que entramos. Acababan de celebrarse los oficios y feligreses y pastores tomaban café y charlaban en el vestíbulo del templo, mientras la chiquillería jugaba entre los bancos. Invertí unos minutos en echarle un vistazo a las sencillas imágenes, lo justo para que el padre Trevor se diera cuenta de mi presencia y se acercara raudo a darme la bienvenida. Hechas las presentaciones, alguien me ofreció café. Siguió un rato de charla con unos y con otros, incluido el padre Mischa, un joven coadjutor que rezuma una extraña combinación de serenidad y entusiasmo y que me contó ilusionado que llevaba pocas semanas incorporado a este su primer destino, y también pocas semanas casado con su mujer, francesa por más señas. 

Una escena así es impensable en España. No solo por el hecho de que, de forma cada vez más injustificable conforme nos adentramos en el siglo XXI, la Iglesia Católica siga sin admitir el matrimonio de sus ministros, sino porque los sacerdotes católicos no invitan a café después de la misa. Se trataba, en definitiva, de un club social -de nuevo esa envidiable afición británica por los clubes- en el que los feligreses participan sin especial unción ni despliegue alguno de beatería. Tal vez no es despreciable el hecho de que los sacerdotes anglicanos puedan contraer matrimonio y, así, compartir y comprender los hitos y las necesidades más relevantes de las vidas de sus feligreses: la convivencia y sus espinas, la educación de los hijos, el reparto de las tareas, una relación de igual a igual con otros padres, unos horarios atados a lo terrenal. Tal vez es eso lo que convierte su apostolado en una pieza más del engranaje social británico. Tal vez por eso los sacerdotes no son contemplados como esas excrecencias sociales que son en España, alzados lo deseen o no en un figurado púlpito de paternidad asexual y forzado magisterio, ajenos por completo a la experiencia vital del noventa por ciento de su grey y obligados a demostrar siempre unos conocimientos que en verdad les son inaccesibles.

De todo esto charlaba con mi tía Carmen, que -como he dicho antes- no es mi tía pero como si lo fuera, y que conoció de primera mano la sociedad británica de antaño. Al parecer, ya entonces se apreciaba esta diferencia: lo que se respira en una comunidad anglicana, evangélica o unitarista es sociedad viva. Aún no he conocido una parroquia católica, pero estoy seguro de que gracias a la influencia ambiente la Iglesia católica británica no será ese museo que sigue siendo la española: vestida de una liturgia y una iconografía apasionantes, responsable del constructo intelectual posiblemente más brillante de la historia -la teología-, custodia de lo más exquisito del patrimonio artístico de Occidente... Pero atendida por personas que en la mayor parte de los casos viven su apostolado sin contacto real con la sociedad o, cuando lo tienen, es porque infringen de forma discreta sus propias normas. No es de extrañar que se queden sin clientes.

 

Una  Iglesia más humana

 

 

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