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ISSN 1989-4163

NUMERO 100 - FEBRERO 2019

La Invención de Morel

Joaquín Lloréns

Autor: Adolfo Bioy Casares. 1940

Rosauro Varo Cobos, joven pediatra cordobés, curtido en calidad de médico y cooperante en países como Costa Rica, Perú, Sudáfrica, República Centroafricana o Mozambique, ha escrito una novela imprescindible. ¿Por qué imprescindible? Porque nos confronta con la vertiginosa actualidad prestándonos una mirada caleidoscópica, intertextual, con ese parpadeo-zaping que es la única oportunidad que nos queda para comprehender el presente.

Todo lo que aloja este libro ya ha sido pensado, analizado, madurado y descifrado. Todo lo que aloja este libro ya ha sido grabado, redactado, recitado y cocinado. Todo lo que aloja este libro ya ha sido vivido, leído, oído y digerido. Todo lo que aloja este libro no es más que un plagio. Todo lo que aloja nuestro interior lo es.” Así comienza la novela, así de a palo seco. A continuación, entramos en una mente que parece ubicua a través de un diario que parece un informe policial. Y ya estamos atrapados

PLAGIO es un rugido áspero, una “dentellada seca y caliente” a nuestro siglo lleno de zombis, replicantes e iluminados. Un canto miserere por la muerte del pensamiento lineal. El apocalipsis de la gnosis y el exorcismo de un momento histórico endemoniado.
PLAGIO es un viaje por el contenido cognitivo de la generación del milenio a través de un personaje ilustrado, descreído e incorrecto, en estado de vigilia total. Duro de roer y de pelar. Con humor sarcástico y con la fuerza expresiva de un lenguaje de la calle (entre icónico y escatológico) y de Twitter (impactante, medido), nos habla de la modernidad construida sobre el lodazal de la historia. Nos habla de este mundo nuestro que oscila entre lo “vintage” o “retro” y el Antropoceno con su gran aceleración. Los planos de la historia personal, la cotidianidad, el discurso de la historia universal, el ruido planetario... Todo se entremezcla y entrecruza. Pero no se emborracha. Resulta, como en El jardín de las delicias, en una suerte de onirismo e hiperrealismo.

El autor ha elegido el formato diario para armar y ensamblar la historia en un collage de 100 pequeñas piezas. El protagonista es un gigantón lúcido e incómodo que le retransmite su cotidianidad a un público invisible. Se nos muestra como un hombre metódico, al que parece importante la hora del día y el lugar de la casa en el que escribe, como si tratara de un juego de “cluedo” en el que la acción se desplegara dentro de la geografía doméstica. Sin embargo, es en la mente del protagonista (ácido, verborreico, cabreísta, sobreestimulado, como un Dr. House del aquí y ahora) donde se juega un totus revolutum de meta-fantasía y ultra-consciencia.

Mediante un lenguaje, como se ha dicho, fresco, de frase corta y estilo puntillista, asistimos a un rastreo y desenmascaramiento de la hipocresía social, a una catalogación exhaustiva de sus mutaciones. Como un barrido del mundo y, al mismo tiempo, una disección con escalpelo de un corte transversal. Imaginamos una mueca de cinismo en el narrador cuando verbaliza y traduce el presente, llevándonos a una suerte de existencialismo frenético y borroso, con una nómina de personajes que emergen por un instante de sus redes o perfiles sociales y nos muestran esa clase de vida frívola y neurotizada que se oculta tras los emoticonos.

La elección de una puntuación estilo pizzicato nos obliga a acelerar el ritmo de lectura y a romper la línea de razonamiento para entrar en un vértigo de fogonazos fílmicos y golpes de memoria. “La realidad es una huida petrificada”, leemos. Y se nos requiere comprender un pensamiento atlético y una conciencia hipersensibilizada por el bombardeo de estímulos. Los personajes del siglo veintiuno (desde Slavoj Žižek a Terrence Malick, desde los “hooligans” a los colgados, intelectuales, artistas, científicos, veganos, hípsters…) son convidados a un festival de monstruos, baile de máscaras, danza de malditos. El lector también es invitado a contemplar (y creo entender que ésta es la intencionalidad del autor), desde la arquitectura emocional de un protagonista sin identidad y políticamente incorrecto, cómo la vida, la cultura y el humanismo se desintegran en la cabeza de un descerebrado.

Entre los habitantes de sus páginas, tal vez Malick llevaría PLAGIO a su terreno: conflicto entre razón e instinto, dramático, experimental, cósmico. Quizás Camus diría que se trata de un nuevo existencialismo de la vorágine. Puede que Bukowsky se rascara los sobacos, Rilke compusiera una oda inefable y Kiéslowski, un documental metafísico. En todo caso, cualquier lector de hoy lo leerá, atrapado en el filo del presente (entre el vértigo de su propia incertidumbre y el vacío), como si cambiara de cabeza y no obstante sintiera con su propio corazón.

 

 

 


Plagio

 

 

 

 

 

 
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