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ISSN 1989-4163

NUMERO 109 - ENERO 2020

 

Tiempo

Joaquín Lloréns

Hoy comienza un nuevo año, y ya van siendo unos cuantos para mí, superado hace tiempo el medio siglo. En este día se suelen hacer propósitos de enmienda y se fijan objetivos para el año entrante. Reconozco que lo de los objetivos nunca ha entrado en mis pensamientos en esta fecha señalada. Creo que para marcarse un objetivo basta cualquier día si la voluntad es firme.

En mi caso se suele producir una reflexión aún más aguda sobre algo en lo que pienso muncho a lo largo de todo el año: el tiempo. El tiempo que, fluyendo sobre un reloj de arena transparente para que no lo podamos vigilar, inflexiblemente se va agotando. Un tiempo cuyo sentido ha variado profundamente desde que nací. En aquel entonces la esperanza de vida era veinte años menor que ahora. Aunque no era un tiempo de mera subsistencia en nuestro país y en los de nuestro entorno, su uso estaba enormemente limitado. Ahora el tiempo abarca un crisol de posibilidades entonces inimaginables. Para la inmensa mayoría, la imaginación vinculada al tiempo estaba comprimida a unos cientos de kilómetros o a lo que nos transmitían los libros foráneos y la imaginación de los creadores literarios. Apenas había nacido la televisión que comenzó a vincular el tiempo y los espacios remotos. Hoy podemos viajar con cierta facilidad a cualquier parte del mundo, internet nos ha agigantado la posibilidad de incrementar nuestros conocimientos –fakes aparte– y lo que podemos hacer con nuestro tiempo.

Y en estos días de solsticio doy vueltas más a menudo que de costubre sobre cómo aprovecharlo de una manera más valiosa para mí, y también por los demás. Constato para mi decepción que la inmensa mayoría no aprovecha estas casi infinitas posibilidades de variar el uso del tiempo y se aborrega frente al televisor, ante los juegos de ordenador, buscando un sexo fácil pero vacío o simplemente la satisfacción cortoplacista de una seducción hoy tan facilitada por las redes sociales y el desmoronamiento de los valores tradicionales. Otros acumulan sobre sus ojos viajes y más viajes que, a fuer de ser tantos se acaban mezclando y, como ocurre siempre con el hombre, cuanto más se tiene de algo, se acaba valorándolo menos. Muchos, ni siquiera llegan a eso. Sus vidas transcurren en una rutina apática, como si su único objetivo fuera no sufrir por causa alguna y dejar que el tiempo transcurra sin haber intentado algo mejor.

Pero ¿qué hacer debidamente con tu tiempo? Es la gran pregunta. Y es una pregunta que no tiene una única respuesta. Es más, ni siquiera la respuesta sería la misma a lo largo del tiempo. ¿Acaso el planteártelo te supone una ventaja sobre los que no dan vueltas al asunto? No sé. Quizás, como el labriego de hace décadas que no conocía más que unas leguas alrededor de su casa y que no se planteaba ir más allá, también quien olvida la fugacidad del tiempo sea más feliz que el que da vueltas y vueltas alrededor de la fugacidad de su existencia.

Ahora estamos en la civilización del Carpe diem. “Disfruta el momento”. No está mal, pero seamos sinceros. Hay que ser de otra pasta para conseguirlo. Lo que, en realidad, hoy nos venden es: “Se egoísta. Haz lo que te apetece a pesar del costo para los demás”. Y es que ser capaz de llenar tus días de acciones que vayan colmando de experiencia positiva para ti y los demás, es cosa de seres de un espíritu privilegiado. Y seamos realistas; nuestros espíritus son mediocres.

Entonces ¿qué hacer con el tiempo que se nos escapa entre los dedos?

 

 

 


 

 

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