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ISSN 1989-4163

NUMERO 109 - ENERO 2020

 

Ansiedad

Francisco Gómez

Ansiedad, de tenerte en mis brazos
musitando,... palabras de amor
ansiedad, de tener tus encantos
y en la boca, volverte a besar

NAT KING COLE

 

Lo reconozco. Humilde, sincera, torpemente. Soy un mal lector. Así, sin paliativos. A palabra limpia. Me resulta vergonzoso reconocerlo pero uno decidió tiempo ser auténtico y no puedo negar la certera evidencia.

Cuando entro en las librerías, los grandes y enormes templos de la resistencia de la palabra frente al avance imparable del gigante internáutico que lo devora todo (el cine, la música, la literatura hasta el comercio físico) siento una sensación de ansiedad no desconocida que recorre mi cuerpo y provoca momentos de tensión, incluso de nervios. Ya sabéis la eterna lucha del caballo blanco contra su compañero el corcel negro que el auriga intenta dominar para que galopen al mismo compás.

En las estanterías, sobre las mesas veo tantos libros que deseo leer, tantas novelas, tantos poemarios, tantos libros de ensayo que mi cuerpo hormiguea por el brazo y la pierna derecha, mi lengua comienza a salivar y los ojos corren huidizos de un título a otro, de una contraportada a otra y la deriva se apodera de mi conciencia. El triste reconocimiento de ser un hombre muy limitado, finito, torpe, muy torpe que se siente impotente para leer todos aquellos libros que desearía, que quisiera, de escritores y poetas que conozco y de otros que me retan con la inteligencia de sus historias, de sus versos, de su concepción de las cosas.

Hace poco he ido a presentaciones de libros de relatos y poemarios en Elche, Alicante y Orihuela a las queridas (y no es mentira esta hermosa palabra) Ali-i-Truc de Elche, Códex de Orihuela y 80 Mundos de Alicante y he salido con esta sensación de asfixia, de aturullamiento, de impotencia que confirma mi condición de hombre muy limitadito. Encima, mi estimado editor, el canalla del señor Javier Cebrián, mientras yo leía páginas o síntesis de las obras, me señalaba libros (no citaré ninguno por no hacer de menos a otros) comentaba: “Mira éste qué bueno es. Pura literatura” Y me martirizaba el… porque sabe que ya tengo en la lista otra lectura más pendiente en mis ojos y corazón sedientos de esta amante que nunca me abandona.

Muchas veces compro el libro presentado pero salgo de los templos de la resistencia con una sensación de derrota infinita en mi conciencia porque sé con auténtica seguridad que nunca podré leer todo lo que me interesa y deseo. Mi amigo, el librero Paco Trigueros de Ali-i-Truc, comentó en cierta ocasión que una persona que dedique toda su vida desde que sabe leer a esta tarea, sólo podrá leer en toda una vida media (digamos hasta los 70 u 80 años) un 0,5-0,7 por ciento de los volúmenes que anhela tener entre sus manos y recorren su iris hasta llegar a su corazón y cerebro. Demoledora y terrible comprobación.

Encima, uno reconoce ser un lector lento. Lee como los gorriones o las palomas que beben el agua a sorbitos. Poquito a poco, deleitándose en las palabras, en los párrafos, en las frases que me calientan la inteligencia y los sentimientos y así no avanzamos nada. Muy poco. Si a la cantidad de buenos libros que quedan por leer sumamos mi lenta capacidad lectora, apaga y vámonos, Pericles.

Un libro que tengo vilmente subrayado, anotado, pensado, meditado, querido, tardé meses en terminar de leerlo porque leía sus capítulos de dos o tres páginas una y otra vez. Volvía a algunas cosas anotadas de cuando en cuando. Un libro, una carta de Amor a los Padres. Tuve la oportunidad de enseñárselo al autor y no dijo nada pero se quedaría a cuadros al observar tanta nota, tanto subrayado, algunos comentarios... Lo mismo me ocurre con un poeta murciano al que admiro tanto y tanto y sus versos me han traído calma y esperanza en tiempos de tristeza y desolación. O un escritor extremeño afincado en Madrid con personajes anónimos que desean salir con sus sueños de su mediocre rutina y la contingencia o los desatinos de este ritmo de los días les impiden alcanzar sus odiseas. O aquel escritor americano que con sus historias psicológicas bucea hasta el fondo de las contradicciones e inquietudes humanas. O mi amado escritor vallisoletano, uno de mis grandes maestros con mayúsculas, al que le han publicado un libro póstumo con relatos inéditos, muchos dedicados a la infancia, un territorio que él amaba profundamente. O.... y podría seguir y la lista ocuparía muchos folios y se haría interminable.

Y en este bosque de la lectura no paran de salir ramificaciones, desvíos múltiples para encontrar nuevos autores que deslumbran mi escasa capacidad lectora y a veces hasta de entendimiento o me retan con su imaginación creadora y su sentido crítico del tiempo, la sociedad, el pensamiento.

Y esto por no hablar de mis escritores y poetas amigos que siguen con su trabajo y buen hacer literario que ensanchan más el campo de mis lecturas a las que difícilmente soy capaz de dar abasto. Sin exagerar, ya tengo lecturas pendientes hasta 2022 por los menos y con mi comentada velocidad lectora, este plazo tiene visos de alargarse sine die.

No toméis ejemplo de uno para leer. Ya os he comentado mis escasas dotes y prácticas lectoras.

Avisados quedáis.

 

 

 


 

 

Ansiedad 

 

 

 
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