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ISSN 1989-4163

NUMERO 109 - ENERO 2020

 

Eclipsados por Luces

Cristina Casaoliva

Las luces de colores que visten nuestras calles en épocas navideñas engalanan edificios y comercios y crean una atmósfera mágica a nuestro alrededor. En las tiendas suenan villancicos, refulgen guirnaldas de luces, arboles cuajados de bolas multicolor, más de un Papa Noel otea a su alrededor en busca de alguien a quién regalar una sonrisa. Los árboles se coronan con una estrella y en los altillos, armarios y bolsas se apilan paquetes envueltos para regalo, con papeles brillantes, estrellas de nieve, lazos y cintas. Sería justo decir que rodeados de semejante aura mística es difícil no perder la perspectiva. Que una cosa es desear amor, salud y prosperidad a todo hijo de vecino y otra es sucumbir al carrusel enloquecido del capitalismo y dejarnos arrastrar por las locas apariencias, subyugados al desencanto, temerosos de romper el encanto y observar la realidad.

En la vorágine navideña creo que nos perdemos en los brillos y nos olvidamos del color de las almas que la conforman. En la actualidad es todo un reto sobrevivir a ellas con dignidad. Luchando por conservar la magia que sienten los más pequeños, intentando crear expectativas realistas y lo que es más plantar la semilla de la solidaridad.

No es sencillo lidiar con los copioso ágapes, imagino que legado romano de sus festines, que consigue doblegar al estómago más resistente y con los encuentros familiares. Que ya sabemos que familia no hay más que una, pero a menudo tenemos que decir que a Dios gracias, porque el sibilino reproche de la suegra, los cacareos del cuñado o la cuñada, la frase en tono de reproche de la tía Picapata, los devaneos alcohólicos del primo de turno, las bromas impertinentes del tío etílico, los secretos sacados a la luz bajo los efluvios de un Cava o un Rioja tanto da, las ausencias inexcusables y sin preaviso. Las ausencias irremediables que congelan el alma, son al final toda una gincana emocional.

Por otro lado está el tema de los regalos, que aún no entiendo mucho como hemos pasado del origen religioso austero de estas fechas, a la loca algarabía de compras en la que nos vemos inmersos, que si detallitos para el Tió, al menos en Catalunya, que si un detalle para Navidad, que Papa Noel es extranjero pero como somos muy acogedores, acogemos también tradiciones ajenas, que si un detalle para el día 26, día de Sant Esteve, que si la ropa para fin de año, el cava, las uvas y la bolsa de cotillón y por supuesto, los farolillos para la cabalgata y como colofón los regalos de reyes. Que los que contamos con un sueldo del tipo que sea, y a como están las cosas ya es tener suerte, más que una paga doble nos hace falta una cuádruple para llegar a fin de mes.
Porqué a estas alturas ya nos ha quedado claro que el sorteo de la Lotería nos ha hecho de nuevo un corte de mangas y no nos toca ni el reintegro. Así la cuesta de enero no es tal, es escalada High level, tipo Everest, directamente.

Y como decía al inicio en esta carrera de fondo, cegados por los celofanes, las lentejuelas, las copas y las luces hemos perdido la perspectiva de la Navidad.

Deberían ser días para compartir con aquellos a los queremos, sean o no familia. Para rodearnos de aquellas personas que sacan lo mejor de ti mismo y se alegran por ti de tus logros y pasan contigo los malos tragos. Tiempo de predicar con el ejemplo, de usar aquello de ser comedido, de acudir a los mercados solidarios y al reciclaje, a las compras de segunda mano y a los valores. Momentos para reflexionar sobre el sentido de la vida y disfrutar de la alegría de todos los niños que pueden permitírsela e intentar mejorar las condiciones de aquellos que no. Días de dar, de dar amor, de dar amistad, de dar calor humano, de abrir puertas y entregar el corazón.

Deberíamos redibujar las estampas navideñas, teñirlas menos de guirnaldas y regalos y cubrirlas por doquier de emociones, de empatía, de humildad, de hermandad y de tantos bienes que el corazón guarda, anidando en la sombra asomando tímidamente la bandera de la esperanza.

En el inicio del 2020 soñaré con un futuro descapitalizado y una sociedad más humana y como una hormiguita intentaré predicar con el ejemplo a ver si en los corazones de mis pequeños fecunda la semilla y son capaces de crear un futuro menos refulgente y más humano.

 

 

 


 

 

Eclipsados por luces 

 

 

 
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