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ISSN 1989-4163

NUMERO 59 - ENERO 2015

Réquiem por Luis Cernuda

Luis Arturo Hernández

Autor: Rikardo Arregi. Debe decirse dos veces (Bitan esan beharra). Traducción: Ángel Erro. Editorial Salto de Página, Madrid, 2014. 1714 pág. 12,79€.

“Y entre los seres que serán un día

Sueñas tu sueño, mi imposible amigo.

[…]

Si renuncio a la vida es para hallarla luego

Conforme a mi deseo, en tu memoria.

[…]

Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos

Tendrán razón al fin, y habré vivido.”

Luis Cernuda, “A un poeta futuro” (Como quien espera el alba)

 

Una vez que se asciende al Panteón Jardín de México —vale decir al poema “Tumba de Luis Cernuda”—, se entiende cabalmente este itinerario de Rikardo Arregi (Vitoria, 1958) en Debe decirse dos veces ( Bitan esan beharra , Premio de la Crítica en Poesía en Lengua Vasca, en 2012), a los 50 años de la muerte en México —el “rincón olvidado” de “tu eterna morada”—, en su recalcitrante exilio, del poeta de La realidad y el deseo .

Y es que el tono meditativo, peripatético, conversacional, de poesía de la experiencia —a lo Auden, a lo Larkin—, permite en la ascensión al monte del “Parnaso” —el edén en el “Desierto” “donde habit a el olvido” a cuya falda el poeta vasco ha accedido, como en una alegoría barroca, por el submundo “subterráneo” del Metro—, tumba del huidizo poeta sevillano, la identificación —¿ironía del destino?— del personaje Arregi —“ Luis Cernuda, le llaman, es para usted ” (p. 150)— y la más emotiva, del “yo lírico”, con la memoria de Cernuda —“hermano, camarada” (p. 154); “amigo, dios”, y “hecho carne mía” (p. 155)—, reconociendo su filiación de “hijo sin hijos” —que elige precursores, como ha hecho antes por el camino con Borges: “Sí, parecerse a Borges” (p. 22)—, en una vuelta a los dioses lares, familiares y antepasados del submundo de los primitivos pobladores griegos —poco antes de que se vieran avasallados por la mitología solar de los dioses, semidioses y héroes del Panteón clásico—, en una elegía al poeta, que es oda y es égloga en el “lugar ameno” de su sepultura —“canto las alabanzas de quien falta” (p. 129)—, en un paseo clasicista que evoca Égloga, elegía, oda , pero en versículos, y cuyo deber decirse dos veces se teje con los frágiles hilos de un ritmo léxico-semántico.

En efecto, desde la atalaya de “Réquiem”, tercera y última parte en que se estructura el poemario, se vuelve la vista sobre la cartografía del libro y se vislumbra, en el inicio, un yo que contempla la Naturaleza a la vez que la transmuta en Arte —“Arte=Vida”—, paisaje/poema del yo voyeur previo al “cuerpo a cuerpo” del deseo, a calzón quitado, de los “placeres prohibidos” de quien no se ve sino en el Otro —“Poemas de amor, más o menos”—, en pura gaytasuna —¿capacidad homoerótica?— y, finalmente, la evocación de los cuerpos ausentes, devueltos a la Naturaleza, del citado “Réquiem”, recorrido que se compendia en la bitácora de su poética definitiva, “Sin arte”: “Vivir, eso sí que es un arte,/ y también amar, por supuesto;/ pero la muerte no será/ jamás un arte o un artista”.

Un recorrido hecho de Parajes/pasajes —tilos, árboles caídos, gorriones, “mariposas blancas, diminutas”, “caracoles”, un “lugar ameno”, tormenta, nubes, cielos, Luz…—; Personajes —escritura del deseo, seducción, empatía con el Otro, orgullo del des/amor, re/creación del recuerdo— y Peajes —su memento mori —, por decirlo de otra manera.

O dicho de otra forma — debe decirse dos veces —: Ars vitae/Vita artis , Eros, Thánatos, que se corresponden a una 1º etapa metapoética y desenfadada de un yo experimental —relación con el referente y motivos desencadenantes, proceso de escritura, recepción y relaciones con el destinatario, reflexión autocrítica, revisión del canon literario del amor cortés o, ya en la 2ª parte, combinatoria oulipiana — que, tras asomarse al hiperrealismo —¿realismo sucio?— del yo apasionado pero irónico, “encerrado con un solo juguete”, alcanza la melancólica experiencia del neoclasicismo en las reflexiones sobre la muerte.

Porque si a alguna tradición poética se adscribe Arregi, en el movimiento pendular del Arte, es, apartándose, burlón, del irracionalismo subjetivo romántico —“no soy uno de esos poetas románticos” (p. 123); “En los poemas de amor hay demasiados corazones” (p. 110)—, a la ilustración clasicista —“Entonces, te hablé de Xabier de Munibe […], de Samaniego,/ de Bergara, de la enciclopedia y de las luces,/ […] de Olaguíbel y del neoclasicismo” (p. 104)—, en cuanto a racionalización de las emociones —“[…] siendo científicos” (“Inmortalidad”)— y, remontándose al origen del pensamiento occidental, y renegado ya del ascetismo judeocristiano —que en virtud del ágape condena el deseo, proclamando su interdicto contra el homoerotismo—, toma el camino del hedonismo —“Eros es más”, por re/citar a J. M. González Iglesias—, del paganismo —“y en todas partes dioses inventados” (p. 15), “no adoro a dios ninguno” (p. 129)— y, en definitiva, de la filosofía griega: del todo fluye —“Leyendo a Kekaumeno”— hasta el pensamiento paradójico —“simultáneamente/ […] llorando porque marcho,/ llorando por quedarme” (p. 66)—, para sucumbir a la conciencia de “infinitud de un instante” (p. 53) —“solo un momento para mi breve eternidad” (p. 62)—, antes de reconocer ante el epitafio de la “Tumba de Luis Cernuda” —“POETA” y “PERPETUIDAD”, acotada “al menos en tanto que dure la eternidad” (p. 154)— que “Esta es nuestra única eternidad” (p. 168) —en lo que parece una glosa del “No conozco otro mundo si no es éste” del sevillano—.

Y, haciendo honor al título, tales motivos temáticos van desarrollándose, trenzándose, en “unas pocas palabras repetidas” —por parafrasear a A. Machado—, o en variaciones —“maravillosas formas repetitivas” (p. 31); “no me canso/ de repetirlo una y mil veces, tilos” (p. 41)—, además de en esos estribillos propios de canciones —“Depeche Mode” o “Extraterrestres”—, por no hablar del paralelismo morfosintáctico o el ya citado ritmo léxico-semántico de versículos propios de un surrealismo de línea clara [a lo Magritte, como todos esos repetidos replicantes, clonados, “hombres que se parecen a Jorge Luis Borges” en el poema “Fervor de Buenos Aires”, que parecen deambular por las páginas, viradas a sepia, de La Peor Banda del Mundo , del comiquero José Carlos Fernandes], salvo en el Réquiem , en que se pone fin a las variaciones “irrepetiblemente” (p. 165).

La obra, por último, de un escritor vasco que, en lugar de ensimismarse en el paisaje después de la batalla , sigue asomado al cosmopolitismo multicultural y su glosolalia.

 

Debe decirse dos veces

 

 

 

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