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ISSN 1989-4163

NUMERO 58 - DICIEMBRE 2014

A la de Tres, Rompa la Copa

Julio Soler

En otras ciudades, en otros puertos ella compraba peces. Los escogía con el escrutante tacto de su mirada. La felicidad era cálida para ella. Sentía la melosa sensación de no verse amenazada por la certidumbre. Todo estaba para hacer. Dudar le tranquilizaba.

Era bella y limpia. Tocaba el piano con ambas manos pues se levantaba todos los días para contemplar el amanecer.

Pero el viajar se había acabado y la simetría de los días ya no podía cumplirse. Algo le impulsaba a regresar, digamos a ciertos orígenes. ¿Acaso sentiría la viscosa nostalgia del crujir de las butacas del cine de su barrio? Pero lo de barrio no lo entendía. Su pueblo era pequeño y proporcionado. ¿Sería quizás el afecto de su profesor de guitarra que le enseñaba a pizcar correctamente las cuerdas de su instrumento? ¿Qué era lo que le inducía a volver sobre sus propios pasos?

Así, aquella jornada se tornó trémula. El billete de tren ya reposaba sobre la mesita de noche No contempló el amanecer. La sangre se le iba espesando. Hizo un minucioso repaso de cada objeto, cada rincón de aquella casa con vistas al mar. Había sido su cuartel general, su punto de referencia ante tantas excursiones, tantas cosas. Fotografías de tómbolas, balnearios, malecones, esbozaban su inventario. Las ciudades que amó. Las subastas de pescado en que rechazó todo

tipo de agendas.

En efecto, aquel día me llamó. Yo estaba en la cama con Fiebre. Necesitaba confesarse, verme.

- Lo que muchos quisieran es ver lamentarse mi corazón. Aparte, detesto los hombres de uniforme, es como si yo me pusiera tacones altos durante un aperitivo. Yo me deshago por los bastones. Por el ritmo de la cojera. Y no soy rara. Es más, soy enamoradiza aunque no sé de qué. Me gustan las cacerías, sin embargo han de ser a caballo y con jadeo de perros. No utilizo corpiño. Mis broches decoran y revelan mis credenciales. ¿Oh, por qué te diré tantas tonterías?

- Tan amable, tan amable como antaño. Quiero que te sientes aquí, a mi lado y me despojes del camisón -le dije yo.

- ¿Ves desde ahí esa enorme mole? Es una montaña de heno. Te juro que yo estuve escondida en sus entrañas. Vi girar el mundo alrededor mío y pensé que yo me sacrificaba por los demás. Cientos de mediodías abrigada en aquel lecho. Pero un día vociferaron los bacaladeros de Terranova y comprendí que estaba equivocada. Tenía que salir y así lo hice. Me preguntaba si yo podría vivir de presagios y todo eso. Aquellos marineros de media barba eran sumamente atractivos y decidí vivir frente al mar y aceptar todas sus consecuencias. ¿No crees?

- Indudablemente. Habrás sufrido mucho, pero recuerdo tanto cuando éramos pequeños. Siempre nos bañában juntos.

- Es precioso este termómetro -aceptó ella.

- Sí... Será mejor que de momento ahora te vayas. No se me ocurre nada para decirte.

Los besos inventados para las bocas. La desnudez exacta para los gestos y las palabras. Recordar es un hermoso plagio sin trascendencia. El amor disimulado en las piernas cruzadas de una mujer. Yo hacía algo más que tararear su belleza en voz baja.

- Pero, volverás, ¿verdad?

- Bien lo sabes.

Nos despedimos. Las sirenas de los barcos en su regreso, devolvían la incertidumbre a sus ojos verdes rasgados como puertas. El rugido del mar volvía a arrastrarla zombiamente hacia el puerto. Aquella tarde le regalaron el pescado.

 

 

 

A la de tres, rompa la copa

 

 

 

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